Sinopsis Histórica de Grecia Antigua

SINOPSIS HISTÓRICA DE GRECIA ANTIGUA  

1. NOCIONES PRELIMINARES

1.1. ¿Hélade o Grecia?

Los antiguos griegos se consideraban descendientes de Helen, padre mítico de los héroes fundadores de las distintas etnias o estirpes que dominaron Grecia antigua, por lo que fueron llamados helenos, y al territorio donde se establecieron lo denominaron Hélade (en griego, ‘Eλλάς), nombre que han conservado hasta la actualidad. Los romanos, por su parte, llamaron Graii a los habitantes de una colonia griega del sur de Italia y, por extensión, al resto de los griegos; y al territorio de origen de éstos lo denominaron Grecia (Graecia), nombre que acabó imponiéndose pronto fuera de ella cuando hubo necesidad de nombrarla.

1.2. Marco geográfico de Grecia antigua

La antigua Hélade comprendía las áreas siguientes: Grecia continental, Grecia insular, Grecia asiática y Grecia colonial, las cuales presentaban estas características:

  • Grecia continental. Situada al sur de la Península de los Balcanes, era la más oriental de las tres grandes penínsulas del Mediterráneo y comprendía, a su vez, estas zonas:
  • Grecia septentrional, la cual limitaba al  norte con Macedonia (patria de Alejandro Magno), y, al noroeste, con Epiro (patria de Pirro). La región más rica de esta zona era Tesalia, en la que hay una gran llanura atravesada por el caudaloso río Peneo y rodeada de montañas, que hacían difícil el acceso a ella, la más alta y famosa de las cuales es el Monte Olimpo (2.983 m.), cuya cima estaba, en época antigua, al menos, siempre nevada y cubierta de una espesa niebla, en la que los antiguos griegos consideraban que vivían sus dioses. Tradicionalmente ha sido famosa por la cría de caballos.
  • Grecia central, que comprendía como regiones más importantes: La península de Ática, con su capital Atenas, la cual se convirtió, después de las Guerras Médicas, en la polis más poderosa y famosa de Grecia; Beocia,  con su capital Tebas; Fócida, con el famoso santuario de Apolo en Delfos, adonde acudían gentes de toda Grecia para consultar su futuro a la Pitonisa. Próximo a él estaba el  monte Parnaso (2.457 m.), en el que moraban las musas, las cuales formaban el séquito de Apolo e inspiraban a los poetas y a los artistas, en general.
  • Grecia peninsular o Peloponeso, en la que habría que destacar las regiones  siguientes: Acaya; Arcadia; Élida, con el santuario de Olimpia, famoso desde antiguo por sus Olimpiadas; Argólida, con las importantes ruinas de Micenas, Tirinto, etc., de épo ca de los aqueos, y con Epidauro, famosa por el Santuario de Asclepio, dios de la medicina, y por su teatro, el mejor conservado de Grecia antigua; Laconia o Lacedemonia, territorio donde se establecieron los dorios, con su capital Esparta, la gran rival política de Atenas.
  • Grecia insular. Estaba formada por numerosas islas diseminadas, sobre todo, por el mar Egeo, de las que cabe destacar: Lesbos, patria de la poetisa Safo; Quíos, en donde, según se cree, nació Homero; Delos, en donde nacieron los dioses Apolo y Artemisa; Samos, Rodas y Creta, en la que se desarrolló la primera civilización griega.
  • Grecia asiática. A raíz de la invasión de Grecia por los dorios, se produjeron importantes migraciones hacia las islas del Egeo y las costas occidentales de Asia Menor, en donde surgieron ricas y modernas ciudades, como Mileto, Halicarnaso, Éfeso, Focea…, gracias al comercio marítimo y a sus contactos con civilizaciones avanzadas, como la fenicia, la babilonia y la egipcia. Allí, en efecto, nacieron la poesía, la filosofía, la historia, etc. Al  noroeste de estas costas, se encontraba Troya, inmortalizada por Homero en la Ilíada y en la Odisea.
  • Grecia colonial. Rivalizando con los fenicios y luego con los cartagineses en el comercio marítimo, las más importantes polis griegas crearon colonias en el mar Negro y por todo el Mediterráneo.

1.3.  Influencia de las condiciones geográficas en el devenir del pueblo griego

Grecia es un país muy montañoso (el 75%, aproximadamente, del territorio es de ese tipo), con estrechos valles y pequeñas llanuras, la mayoría de ellas costeras, lo cual marcó el futuro del pueblo griego en todos los órdenes, al obligarle, de alguna manera, a organizar su vida en comunidades generalmente poco extensas, llamadas polis o ciudades-Estado. Dicha circunstancia, a la postre, sería letal para ellas, pues el fuerte sentimiento de independencia y la gran rivalidad que mostraron siempre unas polis con otras  las llevó, en un  momento de su historia, a enfrentarse en la Guerra del Peloponeso, lo cual fu aprovechado después por Filipo II de Macedonia para imponer su dominio sobre todas ellas. Antes, sin embargo, de que esto ocurriera, la peculiar organización de las polis les proporcionó logros muy positivos en distintos órdenes, de los que se beneficiaría después nuestra civilización occidental.  En  efecto, el  hecho  de  constituir  las  polis  un marco político  en el que todos los ciudadanos eran imprescindibles para poder atender las necesidades de las mismas, facilitó, en algunas de ellas, al menos (y no así, por ejemplo, en los grandes Imperios de su entorno, como el egipcio, el asirio-babilónico, persa, etc.), la aparición de la democracia, con la concesión poco a poco a las clases sociales menos favorecidas, por parte de las clases privilegiadas, de su derecho a participar también en el gobierno y en el control de los asuntos de la ciudad.

Así mismo, el hecho de que en las polis griegas no existieran unas castas cerradas (la mayoría de las veces, sacerdotales), ni un dogma religioso estricto propició que, también en ellas, naciera la Filosofía, la Historia, la Ciencia, la Medicina, etc., lo cual se produce en el momento en que el sabio o el estudioso, prescindiendo de los hechizos y ensalmos, y de los mitos antiguos, con los que se pretendía explicar mediante sugestivas leyendas las diversas manifestaciones de la  naturaleza, intenta conocer el origen de las cosas a través de la razón. Y, en este contexto, resulta también lógico que el artista pudiera aplicarse libremente a la conquista de la armonía y de las proporciones en sus creaciones, en las cuales el ser humano  ocupa el centro de su interés, lo que haría que dicho arte en el Renacimiento fuera considerado, junto con el arte romano, como el arte clásico por excelencia

En otro orden de cosas, el carácter montañoso y pobre del territorio griego y el estar éste rodeado en gran parte por el mar motivó que los antiguos griegos hicieran de él su medio de vida y su lazo de unión, al proporcionarles abundante pesca y la posibilidad de practicar el comercio.

1.4. Ámbito de la civilización griega

La civilización griega fue la perteneciente a las polis de la Grecia  continental, insular, asiática y colonial, que todos los griegos tenían conciencia de compartir. En efecto, allá donde estuvieran y aunque perteneciesen a polis distintas, todos ellos  eran conscientes de que hablaban la misma lengua (a pesar de las diferencias dialectales existentes: jónico-ático, eólico, dórico…), y de que tenían en común las mismas creencias, los mismos gustos artísticos y la misma manera de vivir. En otras palabras, todos percibían que compartían una civilización que los hacía diferentes de los pueblos que no eran griegos, a los que aplicaban el apelativo de “bárbaros”, debido a que, cuando les oían hablar, sólo percibían sonidos como “bar - bar -  bar….

Más tarde, Alejandro Magno, gran admirador de la cultura griega, la difundió en el Imperio que conquistó, y, a su muerte, fue denominada cultura helenística por haber incorporado diferentes elementos culturales de los pueblos sometidos. Después Roma, tras la conquista de la Magna Grecia y de los reinos helenísticos, surgidos a la muerte de Alejandro, entró también en contacto y fue cautivada por dicha cultura, a la que asimiló e imitó en múltiples aspectos, y, convertida en cultura grecorromana, la legó después  a los pueblos conquistados por ella. Desmembrado el Imperio Romano de Occidente como consecuencia de la invasión de los  pueblos  bárbaros,  la  cultura  grecorromana logró sobrevivir  a  lo largo  de la  Edad  Media  en  los reinos  surgidos entonces  en  Europa,  gracias  a las escuelas episcopales y, sobre  todo, a  los monasterios, en donde los monjes copiaron con paciente labor y salvaguardaron las obras clásicas de los autores, especialmente latinos, conocidas en aquella época. A finales, sin embargo, de la Edad Media y, especialmente, en el Renacimiento (iniciado en el s. XV en Italia, cuyo arte se inspiró en el legado artístico grecorromano, al que hace “renacer”, y, de ahí, el nombre de Renacimiento), la citada cultura, en su sentido más amplio, fue tomada como modelo y denominada clásica, convirtiéndose, por lo mismo, desde entonces en importante fuente de inspiración o de reflexión a arquitectos, escultores, pintores, literatos y pensadores (Humanistas).

 1.5. ¿Qué polis aportaron más a la Civilización   griega?

Las polis que aportaron más, cualitativa y cuantitativamente hablando, a la Civilización griega fueron Esparta y, sobre todo, Atenas, por el liderazgo que ejercieron sobre las demás durante bastante tiempo: la primera, en el plano militar y político, y la segunda, además, en el cultural.

1.6. Legado griego a la civilización occidental

Los griegos crearon la democracia, la filosofía, la medicina, la historia, las matemáticas, la geografía, y los géneros literarios; fijaron los cánones en el arte e inventaron bellos mitos para explicar el origen del mundo y de los fenómenos atmosféricos, los ciclos de la naturaleza, etc. Por todo ello, a los antiguos griegos se les reconoce unánimemente la gloria de haber creado una avanzada cultura, la cual, imitada y enriquecida después por la romana, está en la base de nuestra civilización occidental

2. PRIMERAS CIVILIZACIONES DEL EGEO  (ca. 2700 – 800 d.C.)

2.1. Civilización cretense (ca. 2700 – 1400 a. C.)

Principales datos históricos

Creta es la segunda isla del Mediterráneo Oriental después de Chipre, con una superficie de unos 8.300 km2., una longitud de 260 km y un ancho que oscila entre los 60 y los 12 km; la recorre una cadena de montañas, calcáreas, las Montañas Blancas, de este a oeste, en donde son casi inaccesibles, que tienen tres macizos  cuyas cumbres alcanzan los 2500 metros; las llanuras y mesetas más extensas se encuentran en la parte central y oriental de la isla, y sus mejores puertos, en la costa norte y este de la misma. Su situación geográfica privilegiada, a no muchas millas de las islas Cícladas y de las costas de Grecia continental, Asia Menor, Siria, Fenicia y de Egipto, le permitió obtener grandes beneficios económicos, gracias a su próspero comercio con los pueblos de los territorios citados, y desarrollar una civilización esplendorosa y refinada, de carácter marcadamente urbano -llamada también minoica por el legendario rey de Cnosos, Minos, nombre, según Arthur Evans, que no correspondió a ninguno de los reyes cretenses, sino que llevaron todos ellos como título real-, por la absorción de elementos culturales de la sociedad mesopotámica y, sobre todo, de la egipcia, las más avanzadas entonces. La civilización cretense, a su vez, ejerció después una gran influencia en la Grecia insular y, principalmente, en las ciudades aqueas del Peloponeso, a las que debieron de llegar, entre 1600 y 1400 a. C., además de productos varios, artistas y artesanos, que contribuyeron notablemente a que la organización de los reinos micénicos se hiciera, en gran medida,  imitando los modelos minoicos.

mapa de Creta nuevo

Mapa de Creta Antigua. Fuente: “Historia de la Humanidad”, tomo 7. Arlanza Ediciones, 2.000.

Los primeros pobladores de la isla de Creta llegaron a ella, procedentes posiblemente de Anatolia, en torno al año 6000, y se establecieron en la parte oriental y central de la misma, dedicándose principalmente al cultivo de cereales y a la cría de ganado y habitando, durante mucho tiempo, en chozas rudimentarias y, fundamentalmente, en las cuevas, que abundan en las montañas, y sólo hacia 2800 empezaron a agruparse en pequeños poblados, los cuales debieron de convertirse, un siglo después, en la regla general. A juzgar por los yacimientos arqueológicos, a comienzos del  Minoico Antiguo (2700-2000 a. C.) y, sobre todo, tras la introducción en la isla (ca. 1600 a. C.), por gentes procedentes quizá también de Anatolia, del torno de alfarero y del bronce, aumentó mucho la población en Creta, y surgieron ya las primeras ciudades, como Mallia, que debió de ser la primera en iniciar un comercio activo en el Egeo con la isla de Melos, por ejemplo, de la que importaba la obsidiana, muy apreciada antes del descubrimiento de los metales, para hacer instrumentos cortantes y útiles de trabajo, y, quizá también, Zakros, más pequeña que la anterior, la cual tenía un excelente puerto natural muy bien situado, en el sudeste de Creta, para efectuar desde allí el comercio con poblaciones de las costas de Asia Menor, Siria, Fenicia y Egipto. Durante bastante tiempo, los cretenses debieron de mostrar un cierto retroceso en lo referente a las técnicas de construcción naval y de navegación respecto a sus vecinos de las islas Cícladas; pero, hacia el año 2000 a. C., es muy probable que se equipararan a ellos e incluso los suplantaran en el dominio comercial sobre el propio archipiélago. Y será su poderosa flota la que le permitirá (hecho, sin duda, insólito) a una isla pequeña, accesible a grandes centros de poder extranjeros y cuyas ciudades y palacios carecieron siempre de murallas, proteger, durante algunos siglos, su territorio y su comercio de posibles ataques enemigos, controlar la piratería en el Mediterráneo oriental y ejercer en él una clara hegemonía comercial y desarrollar una cultura refinada, compleja y hasta suntuosa.

Salón del trono. Palacio de Cnoso.

Salón del trono con un majestuoso sitial de pìedra colocado en lugar destacado, y bellos frescos con pinturas de plantas de tallos erguidos y leones sedentes.

Después que se hubiera generalizado el uso del bronce y de los metales -cobre, plomo, plata y oro-, comenzó en Creta el Minoico Medio (2000-1700/1650 a. C.), a principios del cual se edificaron los primeros grandes palacios de Cnoso y Festo.  En éste período, se consolidó la hegemonía comercial cretense en el Egeo, se produjo un proceso de diversificación social cada vez más acusado y se afianzó el poder monárquico sobre el pueblo y sobre la nobleza en las grandes ciudades, que experimentaron entonces un notable aumento demográfico y se articularon en torno al palacio del rey, el cual, además de morada de la familia real, fue centro político y administrativo del territorio bajo su jurisdicción. El palacio, en efecto, debió ya de dirigir y controlar, en el período paleopalacial,  las diferentes vertientes de la producción y del comercio, aunque sin llegar probablemente, ni entonces ni después, a la absorción absoluta de toda la actividad.

Reconstrucción virtual del Palacio de Cnosos

Reconstrucción virtual del Palacio de Cnosos

Destruidos los primeros palacios entre 1700 y 1650 a. C., todo hace suponer que por un seísmo, fueron reconstruidos poco después con una arquitectura más compleja y cuidada y con una ornamentación más rica, iniciándose con ello el Minoico Reciente (1700/1650 – 1450 a. C.), en el que el comercio y la civilización cretenses llegaron a su auge. En este período, más que en el anterior, es posible que Cnosos ejerciera algún tipo de hegemonía sobre toda o casi toda la isla de Creta, y algunos autores sostienen, incluso, que ejerció entonces un dominio imperialista sobre las islas y costas del Egeo.Tucídides (Hia. de la Guerra del Peloponeso I, 4-5), por ejemplo,  refiere que Minos construyó una gran flota, con la que limpió el “mar de Grecia” de piratas e hizo tributarios suyos a los isleños y a los habitantes de las costas del continente. El carácter, sin embargo, más bien pacífico de los cretenses, como evidencia la ausencia de elementos guerreros en las pinturas de los palacios y el que éstos y las ciudades carecieran de fortificaciones no inducen a pensar que los cretenses y, más en concreto, la ciudad de Cnosos creara entonces en el Egeo un imperio marítimo en el sentido estricto de la palabra, como defendió  Evans, entre otros, salvo que aquél se retrotraiga a los siglos XIV y XIII a. C., en los que los reyes aqueos, algunos de los cuales residieron en el palacio de Cnosos después de apoderarse de Creta, adoptando también el título honorífico de Minos (los “Minos micénicos”, por tanto ), sí ejercieron en el Egeo un claro dominio comercial y de fuerza.

Alrededor de 1400 a. C., la Creta esplendorosa del Minoico Reciente se terminó bruscamente, sufriendo entonces los palacios de Cnosos y de otras ciudades graves daños, sin que se sepa aún, con certeza, cuáles fueron las causas de esto. Evans y otros autores lo atribuyeron al volcán que hundió bajo el mar por esa época, según ellos, la mayor parte de la isla de Tera (actual Santorini), y provocó también, con su onda expansiva, derrumbamientos e incendios en los palacios de la isla de Creta y graves daños en los diferentes cultivos especialmente de la zona norte de la misma por la nube de cenizas y calor intenso, y, así mismo, un gran tsunami, que hundiría o dejaría inutilizable la mayor parte de la flota cretense. Evans creyó que aquella había sido la última destrucción que sufrió el palacio de Cnosos; pero, teniendo en cuenta que las tablillas de cerámica que encontró al excavar dicho palacio no estaban inscritas en caracteres cretenses (Lineal A), sino en caracteres micénicos (Lineal B), como demostraron posteriores estudios, salvo que el Lineal B se viniera usando conjuntamente (cosa poco probable) por los escribas cretenses y micénicos antes de producirse la destrucción del palacio de Cnosos, si la misma tuvo lugar en la fecha que dice Evans (lo que está por demostrar), habría sido la penúltima, y la última, con la que habría que relacionar las citadas tablillas, se habría producido doscientos años después, como defiende L. R. Palmer, entre otros.

El período comprendido entre 1400 y 1200, que se corresponde con el del mayor poderío de los aqueos, fue el de la dominación de éstos de la isla de Creta, los cuales pudieron haber aprovechado la gran debilidad de los palacios y de la flota cretense a causa del mencionado cataclismo para apoderarse, parcialmente, al menos, de ella; aunque tampoco se descarta que lo hicieran sin que aquél se hubiera producido, dado el potencial que tenían entonces los aqueos, para eliminar a un fuerte competidor en el comercio del Egeo. La presencia y dominación micénica se dejó sentir de forma notable en Cnosos y en Cidonia (La Canea) y, más dudosamente, en Festo. El resto de los palacios siguieron, al parecer, su forma de vida tradicional y mantuvieron la lengua autóctona (Lineal A), aunque supeditados, cabe suponer, a la administración de los otros dos. Los nuevos monarcas debieron de gobernar y vivir, en líneas generales, como los reyes cretenses, y para la inmensa mayoría del pueblo la vida seguiría siendo la misma, debiendo pagar ahora sus tributos a unos reyes que hablaban griego. Dicha dominación subsistió hasta la invasión de Creta por los dorios en la segunda mitad del II milenio, acentuándose entonces su decadencia, iniciada en la etapa anterior.

Los palacios cretenses

Plano del palacio de Cnoso. Clicar sobre la imagen para ampliar.

Plano del palacio de Cnosos. Clicar sobre la imagen para ampliar.

El primero y más grande de los palacios cretenses fue el de Cnosos, construido hacia el año 2000 a. C. y excavado a finales del siglo XIX por el inglés Arthur Evans, al que se le criticaron algunas de las reconstrucciones que realizó. Se componía de un extenso complejo (más del doble que los de Festo, Malia y Zacro), sin murallas, levantado sobre un sistema de terrazas, a dos o tres niveles, y formado por numerosas habitaciones (unas 1500, en el de Cnosos), la mayoría de ellas, relativamente pequeñas, sobre cuyo uso hay aún muchos interrogantes abiertos, con una distribución irregular, quizá porque se construyeron sin un plan preestablecido, según se fueron necesitando, articuladas en torno a un gran patio central, generalmente porticado, desde el que se accedería a los diversos sectores. De dichos patios, el de Festo, al menos disponía en los ángulos de amplias escaleras, en las que se ubicarían el rey y la reina y el alto personal del palacio y los terratenientes del principado acompañados de su familia en las grandes celebraciones religiosas y los ejercicios acrobáticos de tauromaquia, etc.  Las principales dependencias del palacio eran:  las estancias del rey y de la reina, salas de culto y de recepción y habitaciones de servicio, talleres de carpinteros, alfareros, albañiles, canteros y joyeros, almacenes, bodegas y despensas que contenían grandes tinajas destinadas a guardar vino y aceite, unido todo ello por multitud de corredores, escaleras y pasillos. Los palacios minoicos disponían también de abundantes pozos de luz, dispuestos de forma irregular, que proporcionaban iluminación y ventilación a las habitaciones, y de avanzados sistemas hidráulicos y de canalizaciones complejas con tubos de barro para evacuar las aguas sobrantes de lluvia y las fecales de los retretes, utilizables en posición sedente, que se encontraban en aseos próximos a las estancias nobles.

Megaron de la reina.

Mégaron de la reina.

La estructura intrincada de los citados palacios dio origen al mito griego del Laberinto de Creta  y el del Minotauro. Cuando Evans descubrió el de Cnosos, creyó que había encontrado el famoso laberinto de la leyenda, por lo que acuñó el término “minoico” para denominar a la rica civilización cretense. Por otra parte, las numerosas tablillas de arcilla halladas al excavar dicho palacio, en las que se registraban las ventas o entregas de productos manufacturados y de materias primas, inventarios, listas de servidores del palacio, etc., y los almacenes y bodegas antes citados evidencian el eficaz control y compleja administración  que se  llevaba en los  palacios cretenses de los productos y materias primas obtenidos en los dominios de los mismos y los de las posesiones de los particulares pagados en forma de tributo, los cuales se almacenaban en ellos. El flujo de éstos permitió a la familia del rey y a su séquito llevar un estilo de vida suntuoso, como reflejan las bellas pinturas de las paredes, y además atender las necesidades del funcionamiento del complejo palacial. Los excedentes de grano y de aceite de oliva se distribuirían a la población en caso de hambrunas o de algún desastre imprevisto, aunque el principal uso que haría de ellos el rey sería venderlos a otros pueblos a cambio de bienes de los que su principado carecía. Los muchos talleres, por otra parte, que se fueron creando en los palacios haría que éstos asumieran poco a poco un papel dirigista en la producción industrial y que, convertidos en motor del desarrollo comercial, terminaran por ejercer el monopolio de toda ella.

cnosos-palacios.

Palacio de Cnosos

Otros elementos a destacar en los palacios cretenses son  las columnas  de madera de fuste cilíndrico disminuido hacia su base, la cual se fijaba a presión en un orificio practicado en el suelo, y capitel con equino y ábaco, antecedente del capitel dórico griego. Así mismo,  resaltan los bellos frescos, en vivos y llamativos colores -azul, rojo, marrón, amarillo y blanco-, que figuran en las paredes de las dependencias más importantes, corredores y grandes escaleras y en los que se muestra una forma de vida apacible y placentera y una ausencia prácticamente total de temas de carácter bélico (los pocos de este tipo encontrados son de la época en que los micénicos dominaron Creta). Los artistas cretenses se inspiraron en la pintura egipcia, especialmente la del Imperio Nuevo, y en la mesopotámica; pero, aunque la pintura minoica se asemeje a éstas en técnica y en ejecución, difiere de ellas en los temas y en la ausencia de convencionalismos, como la rigidez y la marcada jerarquización, que se observa, sobre todo, en la egipcia.

Los hombres se representan en ellos generalmente con el torso desnudo, como los egipcios, los pies descalzos y con un taparrabos sujeto con un cinturón o enrollado en la cintura, bastante marcada, como la de las mujeres (después, por influencia micénica, usaron también faldillas más largas, a veces, en forma de calzones), y con el cabello largo y suelto, sujeto a veces con agujas, con gorro o diadema en la cabeza y con profusión de joyas: pendientes, collares, brazaletes en brazos y piernas, cinturones y guarniciones de bronce o metales preciosos aplicados a su exiguo vestido, las cuales resaltan su figura. Las mujeres, por su parte, aparecen con talle de avispa y con el cuerpo más cubierto que los hombres; muchas de ellas visten un apretado corpiño, que deja al descubierto sus senos prominentes, adornado con bordados, y faldas acampanadas, con delantales algunas de ellas, adornadas también con bordados y volantes. Las joyas con que se adornan son del tipo de las citadas antes y su cabello, largo y rizado, aparece lleno de cintas y adornos, recogido a veces en forma de moños o altos rodetes. Este clase de prendas y adornos, tanto de los hombres como de las mujeres, debieron de ser los que llevaba la clase alta en las celebraciones de carácter religioso.

Corredor de las procesiones, fresco con imágenes a tamaño natural del palacio de Cnoso, Museo de Heraklion. Por dicho corredor debió de discurrir, en las celebraciones solemnes, el cortejo real: el rey y su séquito, sacerdotes, músicos y los portadores de ofrendas.

Corredor de las procesiones, fresco con imágenes a tamaño natural del palacio de Cnosos, Museo de Heraklion. Por dicho corredor debió de discurrir, en las celebraciones solemnes, el cortejo real: el rey y su séquito, sacerdotes, músicos y los portadores de ofrendas.

La sociedad cretense

Príncipe de los lirios. Museo de Heraklion. Evans lo identificó con el rey Minos, pero podía representar a un personaje de la nobleza.

Príncipe de los lirios. Museo de Heraklion. Evans lo identificó con el rey Minos, pero podía representar a un personaje de la nobleza.

A comienzos del MM, la pirámide social cretense debió de estar ya configurada así: En la cúspide de la misma, se hallaría el rey, cuyas principales funciones serían: la política, limitada, quizá, al menos al principio, por un consejo o asamblea aristocrática; la religiosa, en la que posiblemente la reina desempeñó también un papel importante; la judicial, actuando como juez único y supremo o asistido por un consejo de nobles, labor que, según algunos, la realizaría, en Cnosos, en el Salón del trono, decorado con grifos, símbolos de fuerza, vigilancia, virtud y justicia; y la militar, la menos importante, dado que en el interior de la isla reinaba la paz y la flota defendía las costas. Sorprende que los reyes minoicos no tuvieran una presencia clara y continua en la rica plástica cretense, como sucedía en otras sociedades desarrolladas contemporáneas, como la egipcia y la mesopotámica, y, así mismo, la ausencia de elementos guerreros en las pinturas murales o en los ajuares funerarios minoicos, a lo cual nos referimos más arriba. Las escasas figuraciones de este tipo encontradas en el palacio de Cnosos son de la época en que éste estuvo bajo dominio micénico. El hecho, por otra parte, de que en la mayor parte de los frescos de las paredes del palacio figuren temas de carácter religioso o cultual, ha llevado a algunos autores, Marinatos y Krattenmaker, entre otros, a defender la vieja idea de la realeza divina de los minoicos dentro de lo que sería un sistema teocrático, por lo que el palacio pudo no ser otra cosa que el centro de una sociedad teocráticamente organizada, como sostiene Platon.

Sarcófago de un presumible terrateniene de Hagia Triada.

Sarcófago de un presumible terrateniene de Hagia Triada.

A nivel más bajo de la citada pirámide estaría el alto personal del palacio, encargado de llevar la compleja administración del mismo, el cual viviría en ricas mansiones en zonas residenciales de los centros palaciales o a las afueras de los mismos, de las que se han encontrado algunos restos, y los terratenientes, diseminados por las llanuras de Creta, que vivirían igualmente en lujosas villas o palacetes, como los de  Gourmia,  Nirou Chani, Tilisdo, Palaikastro, Amniso y Haghia Triada, entre otros, los cuales, por los restos encontrados en algunos de ellos, debieron de presentar una estructura y ornamentación similar a la de los grandes palacios. Dicha clase social es posible que constituyera también la capa más elevada del personal religioso y que participara en los rituales tauromáquicos, entre otros. En la base de la pirámide, por último, se encontrarían los agricultores, pastores, pescadores, carpinteros, constructores, armeros, pintores, alfareros, tallistas, orfebres, metalúrgicos, tejedores, curtidores, etc., muchos de los cuales trabajarían en los talleres del palacio; y, por debajo de éstos, estarían los esclavos obtenidos  como botín y los comprados o recibidos en calidad de presente, la mayoría de los cuales pertenecerían a aquél, aunque no se sabe cuál fue su proporción respecto a la población libre.

Damas de azul

Mujeres cretenses. Fresco del palacio de Cnosos. Museo de Heraklion.

Respecto al papel de la mujer en la sociedad cretense, resulta evidente que aparece representada en la iconografía minoica más que el hombre, por lo que algunos historiadores sostienen que la misma tuvo una participación destacada en la vida social cretense, lo que respondería a una primitiva organización de tipo matriarcal, que habría perdurado en la isla de Creta. Otros, en cambio, aun cuando no descartan que ésta pudiera gozar en ella de un cierto predicamento, interpretan que su intervención en la vida pública se reduciría básicamente a las grandes celebraciones de carácter religioso, en las que participarían únicamente mujeres de la clase alta como sacerdotisas, con las cuales se buscaría conseguir de la divinidad el buen funcionamiento de las fuerzas de la naturaleza, según se desprende de los senos prominentes, símbolo de la fertilidad, que suelen mostrar todas ellas en los frescos donde figuran. No parece, en cambio, que lo hicieran, como defienden otros, en los saltos taurinos, también de carácter religioso, a los que nos referimos más abajo, por las razones expuestas allí.

Comercio exterior cretense

Cerámica minoica de Kamares (ca. ????), Museo de Heraklion.

Cerámica minoica de Kamares (ca. 1700-1450 a.C.), Museo de Heraklion.

Los cretenses llegaron, por el oeste,  hasta Sicilia y Tarento y, posiblemente, hasta las costas orientales de Iberia; pero los principales lugares en los que realizaron intercambios comerciales fueron la Grecia continental, especialmente del este, la franja costera de Asia Menor, Siria y Palestina, Egipto y las islas Cícladas, en las que los cretenses buscaban  sobre todo la riqueza de su subsuelo, con algunas de las cuales, como Milos, Ceos, Tera y Citera, debieron de realizar muy pronto intercambios comerciales permanentes y, posteriormente, con la mayor parte de las demás islas y regiones citadas. Creta exportaba productos agrícolas diversos, de los que tenía excedente, vino y aceite y la admirable cerámica que los contenía, madera, armas, alhajas y tejidos, e importaba manufacturas exóticas y materias primas de las que ella era deficitaria, como la obsidiana de la isla de Melos, muy apreciada, antes, sobre todo, de la llegada a la isla del bronce, para hacer utensilios y armas; metales: cobre de Chipre, oro nubio a través de Egipto, cobre, oro y plata de Troya y, quizá, plata de Iberia; marfil, perfumes y manufacturas exóticas, principalmente, de Egipto, como los pequeños escarabeos, sin contar los modelos de motivos ornamentales que los artistas cretenses plagiaron de allí sin rubor. La isla de Chipre, además de gran proveedora de cobre, fue un eficaz punto de escala para los barcos minoicos que se dirigían a los puertos -ambos en el Mediterráneo oriental- de Biblos, en el que cargaban la madera que transportaban, junto con la cretense, hasta Egipto, y el de Ugarit, donde se verificaba un activo intercambio con Anatolia y Mesopotamia, como evidencian los abundantes sellos cilíndricos babilonios encontrados en los palacios de cretenses. Además de los productos mencionados arriba, Creta debió de exportar, en el MR, sobre todo, artesanos  y artistas, intercambio éste relativamente frecuente ya entonces, principalmente a las ciudades aqueas del Peloponeso y a Egipto.

Rutas comerciales cretenses

Rutas marítimas cretenses

La religión minoica

Lo religioso tuvo en la isla de Creta una gran presencia, cuyo rasgo más relevante fue el naturalismo, dado que lo que se pretendía conseguir de la divinidad, por encima de todo, era el buen funcionamiento de las fuerzas de la naturaleza en armonía con las necesidades del hombre. Esto explicaría que los cretenses, a diferencia, por ejemplo, de los egipcios y de los sumerios, no levantaran templos a sus dioses. La estatuaria sacra también es inexistente en la civilización minoica. Los lugares de culto fueron, en su mayoría, espacios naturales, en general, de reducidas dimensiones: oquedades al aire libre en la cima o en la ladera de las montañas, a las que, a veces, se añadían elementos arquitectónicos muy simples, de difícil interpretación; cuevas, muy abundantes en la isla, en las zonas montañosas, muchas de las cuales fueron morada de los primeros habitantes neolíticos y, cuando fueron abandonadas siglos después, algunas de ellas se siguieron usando como cementerios y como centros religiosos; grutas en los acantilados de las costas, convertidas también en lugares para el culto; determinados recintos próximos o no a los ríos, cuya sacralidad se solía marcar con un cercado o portada, en donde se colocaban signos religiosos varios; santuarios domésticos, que iban, según la categoría de las viviendas, desde una simple estalactita o un pequeño altar hasta un conjunto de piezas diversas, en los palacios; y, por último, criptas o pequeños santuarios semisubterráneos. Las representaciones de santuarios transmitidas por los frescos, los sellos y vasos rituales, como el ritón de clorita de Zacro, proporcionan información importante sobre el aspecto externo de estos lugares sagrados, la cual se completa con la evidencia arqueológica. En Yuctas, por ejemplo, cumbre sagrada de Cnosos, se han encontrado restos de un importante santuario de montaña. Los restos, sin embargo, de lugares de culto, y los objetos cultuales descubiertos en ellos y en casas y palacios, así como los frescos en los que se representan temas de carácter ritual o religioso, no proporcionan datos suficientes que permitan conocer la naturaleza del culto o el tipo de divinidad al que iba dirigido. La religión minoica, en efecto, es un libro con abundantes ilustraciones, pero sin texto, como señala el historiador M. P. Nilson. Si  algún día se descifran los documentos escritos en Lineal A conservados, es posible que muchas de estas dudas se resuelvan.

Respecto a los dioses cretenses, Evans menciona sólo la Diosa Madre o Diosa de la Naturaleza, venerada desde el Neolítico en numerosos lugares del Mediterráneo oriental, la cual, en la religión minoica, fue adorada, según él, bajo diferentes formas y advocaciones; otros autores, en cambio, estiman que los cretenses fueron, en mayor o menor medida, politeístas, igual que otros pueblos de cultura semejante a la suya o algo menos desarrollada, apreciándose en su panteón un claro predominio de las divinidades femeninas sobre las masculinas, contrariamente a lo que sucedería en la religión griega, en cuyo Olimpo, estructurado de forma similar a las sociedades patriarcales de origen indoeuropeo, los dioses ejercieron el dominio sobre las principales zonas del mundo: Neptuno, por ejemplo, sobre el mar, Plutón, sobre el mundo subterráneo y Zeus, en el firmamento y sobre la tierra, así como la suprema autoridad sobre los demás dioses y diosas y sobre los hombres.

Como diosas más importantes de la religión minoica, los estudiosos del tema señalan la Diosa de las serpientes y la Señora de los animales. La primera, como diosa de la naturaleza, debió de llevar asociado un hijo, hija o amante, arquetipo mítico de la muerte del mundo vegetal en la estación invernal y de la resurrección del mismo en primavera. Posteriormente, al constituirse el panteón griego, esta divinidad fue identificada en él sobre todo con la diosa Deméter, personificación de la fuerza reproductora de la tierra y diosa de cuanto ésta produce, especialmente, cuya hija, Perséfone, pasa una tercera parte del año en el Hades -los meses del invierno en los que la tierra es improductiva- con su  marido, Plutón, y  el  resto -los meses en los que la tierra es fértil- los pasara con su madre en el Olimpo. Las estatuillas femeninas de esteatita encontradas por Evans en las excavaciones del palacio de Cnoso, las cuales visten la típica falda acampanada cretense y apretado corpiño, que deja al descubierto abultados senos, y muestran una serpiente en cada mano, por lo que son conocidas como diosas de las serpientes, pudieron representar a la diosa de la fertilidad o del mundo vegetal, aunque también cabe que representaran a sacerdotisas de dicha diosa. La Señora de los animales, a su vez, parece sacralizar el bosque y la naturaleza salvaje. Esta divinidad, a la que se le asocian los leones, las cabras y los toros,  tuvo su origen posiblemente en Anatolia y dio lugar a una amplia nomina de divinidades, entre las que se encuentra la Artemisa del panteón griego, diosa orgullosa y arisca, que se complace en recorrer las montañas y los bosques con un séquito de ninfas y una jauría de perros, persiguiendo a los ciervos y a los jabalíes. La diosa guerrera, documentada en la última fase minoica, es más que probable que fuera una importación aquea.

También el toro tuvo carácter sagrado, como símbolo igualmente de fertilidad, en la civilización minoica y en las del Mediterráneo oriental, en general, cuya imaginería alcanzó,  en la primera, un especial desarrollo, como acreditan, por ejemplo, los abundantes ritones en forma de toro o de cabeza de toro descubiertos en las excavaciones de los palacios cretenses y las pinturas murales en las que se representan los acrobáticos saltos realizados sobre él, los cuales, según la opinión generalizada de los estudiosos del tema, no fueron un simple entretenimiento, sino una celebración de carácter religioso, en la que se trasmitía, presumiblemente, a los jóvenes que los realizaban la fuerza vital fecundadora. En otras culturas, al menos, el toro aparece identificado con el sol (en  Egipto, por ejemplo, se le representó con el círculo solar entre los cuernos) y la vaca, con la luna. Bajo esta concepción, pues, de carácter astral, procedente de Oriente, es posible que el rey minoico fuera identificado, en la cultura cretense, con el toro solar, asumiendo, en condición quizá de mediador, un papel preponderante en la trasmisión al mundo de la fuerza vital, percibida en todo lo animado, y que él y la reina fueran asimilados a la pareja celestial, encarnando en un ritual hierogámico el mito de la creación de la vida. Aunque nada de esto se ha podido probar aún, justifica en parte la abundante imaginería minoica relacionada con el toro y permite encontrar algún sentido a los mitos griegos en los que éste desempeña un papel funamental, a los cuales nos referimos más abajo.

Según el famoso fresco descubierto por Evans en Cnosos, en el mencionado ejercicio acrobático, el que iba a realizarlo provocaría al toro, que tenía delante, y, en el momento en que éste bajaba la cabeza para embestir, le cogía los cuernos con sus manos y, aprovechando el impulso de la embestida, daría una voltereta completa y, apoyando sus manos al caer sobre el lomo del animal, efectuaría una nueva cabriola, cayendo de pie por detrás de éste. Algunos piensan que un salto así sería muy peligroso e irrealizable en la práctica, por lo que sugieren otras modalidades de saltos, de las que, sin embargo, no se han encontrado representaciones. En el supuesto anterior, podría ser que el saltador, aprovechando la fuerza de la embestida del toro, efectuara una voltereta en el aire y cayera de pie sobre los cuartos traseros del mismo e, impulsándose en éstos con los pies, cayera de pie por detrás, o que, cogiendo con una mano uno de los cuernos del toro y apoyándose con la otra en el morrillo del animal, realizara una voltereta en el aire y cayera de pie por uno de los lados del mismo; pero también cabía que el saltador, brincando por encima de la cabeza del toro, al bajar éste la testuz en la embestida, apoyara sus manos en el morrillo y dando una voltereta completa en el aire, cayera de pie en sus cuartos traseros, donde tomaría impulso para caer de pie por detrás, o bien que, sin más apoyo que el inicial sobre el morrillo del astado, rebasara totalmente a éste con una única voltereta. Sea como fuere, los toros en cuestión no debieron de ser muy bravos, sino astados provistos de una cierta bravura y relativamente manejables para poder efectuar sobre ellos, con habilidad, las citadas acrobacias, a los cuales, además, se les habría aserrado las puntas de los cuernos. Respecto a los participantes en los saltos, si nos basamos en las imágenes de los mismos conservadas, por los vestidos que llevan y porque ninguno de los saltadores muestra senos femeninos, que sí se exhiben en la mayoría de los frescos donde figuran mujeres, debieron de ser muchachos, pertenecientes, quizá, a la clase alta, aunque tampoco se descarta que fueran jóvenes de algún cuerpo sacerdotal; y, en cuanto al lugar donde tendrían lugar, debió de ser el patio central de los grandes palacios, al menos en las celebraciones especiales, a las que asistirían un número importante de personas como espectadores. Es posible, además, que dichas celebraciones terminaran con el sacrificio de los toros utilizados en los saltos y que, una vez hechas las pertinentes libaciones derramando su sangre en la tierra, su carne fuera repartida a los asistentes, los cuales recibirían también, con ella, su fuerza vital fecundadora.

Otros elementos formales de posible significación religiosa fueron: el pilar y la columna, los cuales se consideraron objetos de culto, como lo fueron en tiempos remotos las piedras que se alzaban sobre el suelo y las estalactitas, por su poder sustentador; también el árbol, que suele figurar detrás de un altar o de alguna estructura que sugiera un lugar sagrado, y el pájaro, que aparece con frecuencia asociado a ellos y es la forma que adopta normalmente la divinidad (epifanía divina) descendiendo por el aire de las regiones superiores. En todos ellos, se creía, se hacía presente la divinidad, por lo que, en su correspondiente contexto, se convertían en instrumento de comunicación del fiel con ella. La serpiente, la doble hacha y los cuernos de consagración debieron de tener también en la cultura minoica carácter sagrado. La primera, como animal ctónico, protegía, al parecer, la casa de los seísmos, que constituían para ésta la peor de las amenazas. La doble hacha debió de adquirir dimensión sagrada, distinta de la meramente profana, por su utilización en los sacrificios de grandes animales, especialmente toros. Su nombre, labrys, procedente, quizá, de Caria (Anatolia), ha sido relacionado por algunos autores con el de laberinto (labyrinthos), que designó, a su vez, el palacio de Minos -“palacio de doble hacha”, por tanto-, de Cnosos, en donde fue encerrado el Minotauro, muerto después por Teseo, según el conocido mito griego, que recogemos más abajo. La doble hacha figuró en pinturas, gemas y pequeños sellos, de los que se han encontrado numerosas muestras en las excavaciones realizadas en la isla. Respecto a los cuernos de consagración, este arquetipo, con la forma de una cuerna de toro, debió de estar asociado en la cultura minoica (también en la egipcia y mesopotámica), a la luna en su cuarto creciente, figurando como remate en algunos de los muros de los palacios cretenses y en los altares con los objetos sagrados colocados entre ellos, lo que demuestra que éstos constituían el lugar de la consagración. Aparece ampliamente repetido en numerosos objetos de uso cultual y en los frescos de las paredes de los palacios y de lujosas viviendas de la isla y como exvoto. Algunos autores sostienen que la doble hacha y los cuernos de consagración pudieron perder en algún momento, al vulgarizarse su uso y representación, el carácter sagrado que tuvieron al principio. Y algo parecido pudo ocurrir con los saltos sobre el toro, originarios de la isla de Creta, los cuales, con el paso del tiempo, y, dada su espectacularidad y vistosidad, cabe se convirtieran en un puro espectáculo, carente de las connotaciones religiosas que tuvieron en sus orígenes, especialmente tras hacerse los micénicos con el control de la misma.

Las ofrendas y los sacrificios están bien documentadas en la iconografía minoica. Los productos líquidos, cuando iban destinados a las divinidades ctónicas, se derramaban en el suelo; en los demás casos, se vertían en recipientes empotrados a veces en él. Los frutos grandes se ofrecían en cestos y fruteros. En cuanto a los sacrificios cruentos, los había de animales grandes -toros, fundamentalmente, en las celebraciones más importantes- y de pequeños, cuya sangre era recogida para hacer las pertinentes libaciones. La función principal de las ofrendas y sacrificios era garantizar la fertilidad y la fecundidad de los seres vivos, en general.

Sistemas de escritura cretenses

Los cretenses tuvieron distintos tipos de escritura. El más antiguo es el conocido como “jeroglífico” o pictográfico, denominado así por Evans por el parecido que le encontró con el jeroglífico egipcio. Aunque aún no se ha podido descifrar, se ha apreciado que no es una escritura de tipo pictográfico, donde cada símbolo significa lo que representa, sino un sistema de escritura integrado por unos 96 signos, que incluye silabogramas, logogramas (signos que representan palabras que, a su vez, designan cosas: diversas partes del cuerpo, animales, barcos y artículos marinos), cifras, signos de puntuación, unidades de medida y fracciones. La mayor parte de los objetos en los que figura este tipo de escritura son sellos y, en menor medida, tablillas de arcilla, encontrados en Cnosos y en Mallia. Esta escritura se debió de utilizar en Creta en el período paleopalacial (1900-1650), coexistiendo durante algún tiempo con el Lineal A, como se pudo comprobar por los archivos del palacio de Mallia. Este otro sistema de escritura, de carácter silábico, en el que cada signo representa una silaba, se compone de algo menos de un centenar de signos, de los cuales sólo 20 son logogramas, tales como fracciones, cifras e ideogramas. Se sospecha que estuvo emparentado con el “jeroglífico”, ya que ambos comparten algunos signos, lo que pudo deberse a que procedieran de una misma escritura anterior perdida, de la que no se ha encontrado ninguna muestra, o simplemente a la influencia ejercida de uno sobre el otro, al coincidir los dos, como parece, en el espacio y en el tiempo. Dicha escritura, más estilizada y más fácil de hacer y de aprender y, en consecuencia, más funcional que el “jeroglífico” paleopalacial, debió de imponerse poco a poco a éste para llevar la administración de los palacios, que es para lo que se crearon todos ellos,  generalizándose su uso, en los palacios cretenses al menos, en el período neopalacial (1650-1400). Los textos en Lineal A descubiertos son escasos y figuran sobre todo en vasos de cerámica procedentes de Cnosos, en su mayoría, de Hagia Tríada, La Canea y Zacros, y, hasta el momento, tampoco se han podido descifrar. Un tercer tipo de escritura cretense es el Lineal B, compuesto también de signos silábicos y de signos ideográficos, el cual surgió al adaptar los micénicos, que carecían de escritura, el Lineal A a la lengua -griega- que ellos hablaban. Esta circunstancia facilitó, sin duda, su desciframiento, el cual se debió, especialmente, a los ingleses Michael Ventris, un arquitecto especialista en claves y principal artífice del mismo, y John Chadwick, filólogo helenista profesor de la Universidad de Cambridge. Ellos, en efecto, anunciaron en 1953 que habían conseguido dar valor a la mayor parte de los signos del Lineal B, señalando que la lengua que subyacía  tras ellos no era cretense, como creyó Evans, que fue quien descubrió los primeros vestigios de él al excavar el palacio de Cnosos en 1900, sino una forma muy arcaizante de griego. En cuanto al lugar donde fue creado este sistema de escritura, los investigadores están divididos, al no haberse hallado ningún vestigio arqueológico ni paleográfico que dé luz al respecto. Algunos creen que se originó en Creta, a partir del Lineal A, de donde fue llevado a la Grecia continental; mientras que otros sostienen que se creó en el Peloponeso, en el contexto de la minoización de los palacios micénicos llevada a cabo por los cretenses, lo cual parece más lógico, teniendo en cuenta que el Lineal B surgió, como indicamos antes, cuando los micénicos adaptaron la escritura cretense (Lineal A) a su propia lengua. El Lineal A debió de implantarse en los palacios aqueos alrededor de 1600 a. C., cuando algunos de los reinos micénicos mostraban ya un poderío político y económico importante, y en Creta, a partir de 1450-1400 a. C., tras ser sometida por aquéllos. Antes de esa fecha se pudo utilizar en ella, pero sólo si los escribas minoicos la habían adoptado con anterioridad de los micénicos, cosa poco probable.

Respecto al material de soporte y contenido de las inscripciones en Lineal A y en Lineal B conservadas, la práctica totalidad de ellas figuran en tablillas de arcilla secadas al sol, las cuales nos han llegado gracias a haberse cocido y endurecido por el fuego, de forma accidental, cuando los palacios y, más en concreto, los archivos donde se guardaban fueron destruidos e incendiados. El proceso seguido en la elaboración y conservación de las mismas debió de ser más o menos éste: preparada la masa de arcilla y modeladas las tablillas por personal auxiliar, los escribas u oficiales del palacio inscribirían en sus dos??/ambas caras, con un estilete  de hueso o de bronce, lo que había que registrar en las mismas, después, se pondrían a secar al sol y, una vez secas, se guardarían en esportillas o cestos, los cuales se colocarían, en continuidad contable, en estanterías de madera mostrando al exterior la etiqueta, también de arcilla,  identificadora de su contenido. En las citadas tablillas, se registraba día a día todo lo concerniente a la administración del palacio durante un año: listas de servidores del mismo, entradas y salidas de productos manufacturados y de materias primas, inventarios, etc., presentando un doble formato: las pequeñas, o de hoja de palma, son alargadas y suelen contener dos o tres líneas de información; y las más grandes, o de hoja de página, probablemente recogían la información de varias tablillas de hoja de palma. Hasta finalizar el año, quedaban conservadas por su orden, con una suma global de los asientos como cierre y su referencia identificadora. Pasado éste, se destruían, generalmente, todas ellas y se elaboraban otras nuevas para llevar la contabilidad del siguiente. No consta que este tipo de escritura, creada para llevar la burocracia administrativa palacial, se utilizara también en el ámbito estrictamente privado. La mayoría de las tablillas encontradas están escritas en Lineal B y su lugar de procedencia es: Cnosos, unas 4600; Pilos, 1087; Tebas, 337; Micenas, 73; y Tirinto, 27. Estudios paleográficos han permitido identificar rasgos caligráficos de diferentes escribas: unos 50 en Pilo y 75 en Cnoso. Además de las tablillas y de las etiquetas que se pegaban por fuera en las cestas de almacenamiento de las mismas, otros soportes de este tipo de escritura fueron: los pequeños conos de arcilla que se colgaban, por ejemplo, mediante un cordón posiblemente de esparto, al cuello de algunos animales, aportando información sobre el rebaño o la manada, y los signos pintados sobre vasijas para indicar la propiedad o el fabricante de la misma.

Principales mitos griegos relacionados con la civilización cretense

Algunos de los mitos griegos se basan o aparecen relacionados con la civilización minoica, sin duda por la importancia que adquirió la isla de Creta gracias a su floreciente comercio con las islas Cícladas y las costas de Grecia continental, Asia Menor, Siria, Fenicia y de Egipto, y también por la gran influencia cultural que ejerció la misma especialmente en la Grecia continental. Los más conocidos son éstos:

Nacimiento de Zeus. Cuando Rea, esposa de Crono, estaba a punto de dar a luz a Zeus, para  impedir que aquél lo engullera al nacer, como había hecho con sus otros hijos, pues quería evitar que ninguno de ellos lo destronara después, como le habían vaticinado Gea y Urano, se retiró a la isla de Creta, donde lo tuvo en secreto, de noche, en una cueva del monte Ida (según otra versión, en la cueva de Dicte), entregándole por la mañana  a su marido una roca envuelta en pañales, en  lugar del niño, la cual se tragó sin advertir el engaño. Allí fue confiada su protección a los Curetes o Coribantes, que entrechocaban sus escudos cuando el niño lloraba, para que Crono no descubriera dónde estaba. De su crianza se cuidaron las ninfas  Ida, Adrastea y Melisa, hijas del rey de Creta Meliseo, y Amaltea, ninfa también, que tenía una cabra muy grande (para otros mitógrafos, Amaltea era la cabra misma), de cuya leche y de miel se alimentaba el niño. Agradecido Zeus por ello, concedió a Amaltea la constelación de Capricornio, y al cuerno que le había roto sin querer, jugando con ella, le otorgó poderes mágicos, de forma que el poseedor del mismo obtenía con él  todos los frutos que deseaba (éste es el origen de la palabra cornucopia o “cuerno de la abundancia”). Cuando Zeus llegó a la edad adulta, volvió al Olimpo, en donde destronó a su padre con la ayuda, entre otros, de sus hermanos, vomitados por Crono, por el orden en que se los había tragado, merced a la pócima que él le dio a beber, aconsejado por Metis.

Rapto de Europa. Europa era hija de Agenor, rey de Fenicia, y poseía una belleza extraordinaria. Un día en que la joven princesa se encontraba en la playa solazándose con sus sirvientas, Zeus, para poder acceder a ella, se metamorfoseó en  el más hermoso toro de la manada que pacía en una pradera que había cerca de donde ellas estaban. Al verlo Europa de lejos, prendada de la belleza del mismo, se acercó a acariciarle la testuz, cuando lo vio tumbado en la yerba, y, tras perderle el miedo viendo que era manso, se sentó en su lomo, lo que aprovechó éste para salir nadando velozmente por el mar, con ella encima, hacia  la  isla  de  Creta. Cuando llegaron allí, Zeus reveló su identidad a Europa y la poseyó cerca de una fuente en Gortina (al sur de Cnoso) debajo de un plátano, árboles que, desde entonces, tienen el privilegio de no perder nunca sus hojas. Después Zeus casó a Europa con Asterión, rey de dicha isla, quien adoptó a los hijos de ambos, Minos, Radamantis y Sarpedón, pues no los tenía propios. En este mito, los griegos podrían haberse hecho eco de un remoto origen sirio-palestino de la monarquía minoica.

El Minotauro. A la muerte de Asterión, Minos pidió a Poseidón, dios del mar, que hiciera salir del agua un toro, que sacrificaría después en su honor, para poder acreditar ante sus hermanos, que reivindicaban también el trono de Creta, que él era el designado por los dioses para ejercer todo el poder en ella. Así lo hizo el dios del mar; pero, cuando Minos vio el soberbio toro blanco que aquél le había enviado, se olvidó de la promesa que le había hecho y se lo quedó para su vacada, sacrificando en su lugar otro de menos valor de la misma. Irritado por ello Poseidón, inspiró a Pasifae, esposa de Minos, un amor irresistible al citado toro, que ella satisfizo introducida, según le aconsejara Dédalo, en una vaca de madera cubierta de una piel de cuero, que aquél había hecho para que se pudiera efectuar dicho acoplamiento. De esta unión nació el Minotauro (o “toro de Minos”), un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, al que Minos, horrorizado, ocultó a las miradas de la gente encerrándolo en el Laberinto, construido expresamente para él por Dédalo por orden suya, de donde nadie, excepto Dédalo, conseguía salir después de entrar debido a la estructura intrincada del mismo. El Minotauro se alimentaba con la carne de siete muchachos y siete doncellas que debía enviar cada año, como tributo, la ciudad de Atenas a Minos, rey de Cnoso, por una guerra librada entre ambos pueblos, de la que éste salió vencedor. En este mito, se recoge, por una parte, el eco legendario de la talasocracia cretense, a la que alude Tucídides, y, por otra, el del culto tributado al toro en Creta durante la época minoica, al cual es posible que se le ofrecieran también, al principio, al menos,  sacrificios humanos.

En el tercero de los citados envíos, partió como voluntario Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, dispuesto a liberar a los atenienses de tan dura carga dando muerte al Minotauro. Al llegar a Cnoso, Ariadna, hija del rey Minos, que se había enamorado de él nada más verlo, le prometió ayudarle en su arriesgada empresa, si la llevaba después con él a Atenas y la tomaba por esposa. Una vez que Teseo lo hubo jurado, Ariadna le entregó, según le había indicado Dédalo, un ovillo de hilo, que él, tras atar uno de sus extremos a la puerta del Laberinto, fue desenrollando hasta que llegó al fondo del mismo, donde estaba el Minotauro, a quien dio muerte tras dura lucha; luego, rebobinando el citado ovillo, encontró sin dificultad la salida del Laberinto, en la que le esperaban Ariadna y los jóvenes atenienses que iban a servir ese año de alimento del Minotauro. Antes de que Minos se enterara de lo sucedido, zarparon todos ellos de la isla llegando por la noche a Naxos, donde el dios Dioniso, enamorado de Ariadna, la raptó llevándosela después a Lemnos (según otra versión, Ariadna fue abandonada allí por Teseo aprovechando que estaba dormida). Apesadumbrado éste por ello, se olvidó de cambiar las velas negras de la nave, con las que había salido de Atenas, por las blancas  que le había dado su padre, Egeo, para que las pusiera en ella si regresaba victorioso. Cuando éste, que había esperado cada día, ansioso, el retorno de su hijo, vio a lo lejos desde la Acrópolis de Atenas (según otros, desde el cabo Sunion) las velas negras de su embarcación, deduciendo que había muerto, se arrojó al mar, que desde entonces se denomina mar Egeo. Después de los solemnes funerales celebrados en su honor, Teseo fue proclamado rey de la polis de Atenas.

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